José ‘Pepe’ Mujica, el expresidente uruguayo que hizo de la sencillez y la coherencia su bandera, falleció este martes a los 89 años tras meses de lucha contra un cáncer de esófago1. Su vida y legado marcaron no solo a Uruguay, sino también a una generación de líderes y movimientos progresistas en América Latina, gracias a su ejemplo de humildad, sus reformas sociales pioneras y su voz crítica contra el consumismo global.
Mujica, presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, será recordado por su estilo de vida austero y su visión política poco convencional. “Pobres no son los que tienen poco, sino los que quieren mucho”, solía decir, resumiendo una filosofía que aplicó en su vida cotidiana: rechazó la residencia presidencial, vivió en su granja de Rincón del Cerro, donó la mayor parte de su salario a programas sociales y se desplazaba en su célebre Volkswagen Escarabajo azul. Su sencillez, lejos de ser un gesto, fue la expresión de una ética personal que inspiró a millones y desafió los estándares de la política latinoamericana.
Nacido el 20 de mayo de 1935 en una familia de pequeños agricultores en las afueras de Montevideo, Mujica creció entre el campo y la ciudad, forjando un carácter cercano a la tierra y a las causas populares. Su militancia política comenzó en el Partido Nacional, pero pronto se volcó hacia la izquierda, influido por lecturas marxistas y anarquistas. En los años 60, se unió al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), la guerrilla urbana que combatió al Estado uruguayo bajo inspiración de la Revolución Cubana.
Durante la dictadura militar (1973-1985), Mujica fue detenido en cuatro ocasiones, sufrió torturas, largos años de aislamiento y protagonizó fugas legendarias, como la de 1971, cuando escapó por un túnel junto a más de 100 tupamaros de la prisión de Punta Carretas, hoy convertida en centro comercial. Liberado en 1985 tras la amnistía política, Mujica y otros antiguos guerrilleros se integraron a la vida democrática y fundaron el Movimiento de Participación Popular (MPP), que se convirtió en la principal fuerza dentro de la coalición de izquierdas Frente Amplio.
Mujica fue elegido diputado en 1995 y, tras una larga carrera política, ganó la presidencia en 2009, asumiendo el cargo en 2010. Su gobierno se caracterizó por un fuerte impulso a las políticas sociales y progresistas: Uruguay legalizó el aborto, el matrimonio igualitario y, en 2013, se convirtió en el primer país del mundo en regular el mercado de la marihuana bajo control estatal, una medida que atrajo la atención global y que, según Mujica, buscaba arrebatar el negocio al narcotráfico y proteger a los más jóvenes.
Durante su mandato, la pobreza se redujo al 12% (desde el 40% de una década antes), la economía creció un 75% y el desempleo alcanzó mínimos históricos. Mujica fortaleció la redistribución de la riqueza y la protección social, aunque enfrentó desafíos como la inflación y la falta de avances en educación, un área que él mismo reconoció como su gran deuda pendiente.
En política internacional, apoyó la paz en Colombia, recibió a exdetenidos de Guantánamo y refugiados sirios, y mantuvo una relación cercana con el modelo brasileño de Lula da Silva, marcando distancia con el socialismo bolivariano de Venezuela.
Lea también: ONU Mujeres alerta sobre el riesgo de cierre de organizaciones
Mujica alcanzó proyección internacional con su discurso en la Cumbre Río+20 de la ONU en 2012, donde cuestionó el modelo de desarrollo basado en el consumo ilimitado y advirtió sobre la insostenibilidad ambiental: “¿Qué ocurrirá el día en que los indios tengan la misma proporción de coches por familia que los alemanes?”. En un tiempo en que la agenda verde era secundaria en la región, situó el conservacionismo en el centro del debate, influyendo en líderes y movimientos posteriores.
Su estilo de vida sencillo, su rechazo a los lujos y su defensa de la felicidad por encima del consumo lo convirtieron en un referente global, admirado por su coherencia y autenticidad. En su hogar, acompañado de su esposa y compañera de lucha, Lucía Topolansky, y de su perra Manuela, Mujica mantuvo siempre el contacto con la tierra y la vida rural, incluso durante su presidencia.


