León XIV en Argentina ya se siente en las calles de Buenos Aires antes de que el avión del pontífice toque tierra.
León XIV en Argentina ya se siente en las calles de Buenos Aires antes de que el avión del pontífice toque tierra. La visita, la primera de un papa al país en 39 años, ofrece consuelo a quienes esperaron en vano el regreso de Francisco, el primer papa argentino, que murió sin volver a su país natal tras 12 años de pontificado.
En la entrada de la catedral de Buenos Aires, donde Jorge Bergoglio fue arzobispo, un televisor sin sonido repite imágenes de Francisco besando los pies de sus fieles. A su lado, un cartel con el retrato de León XIV anuncia la misa que el pontífice celebrará el 9 de noviembre en el barrio de Palermo. El recuerdo del papa argentino convive así, puerta con puerta, con la expectativa por su sucesor.
León XIV en Argentina: una espera de 39 años
Procedente de Uruguay, el pontífice será recibido por el presidente Javier Milei el domingo al pie del avión y visitará después las ciudades de Córdoba, en el centro del país, y Luján, a unos 70 kilómetros de Buenos Aires, antes de proseguir el 11 de noviembre hacia Perú. Se trata de la primera visita papal a Argentina desde la de Juan Pablo II en 1987.
Para Sol Burgos, de 23 años, esa llegada representa una forma de consuelo. «Le dolió mucho a Argentina perder a su papa, así que capaz que viene a conectar con nosotros», dice a la AFP en la puerta de la iglesia de estilo neoclásico. «El cambio al nuevo papa fue medio difícil por la cercanía que teníamos con Francisco», recuerda. La trayectoria de León XIV en Perú, donde fue misionero y obispo, ayuda a acortar la distancia: el pontífice estadounidense también tiene nacionalidad peruana. La dimensión latinoamericana del papa ya se vio días atrás en su audiencia en el Vaticano con el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, en la que hablaron de paz, familia y migración.
El regreso imposible de Francisco
Francisco visitó varios países de la región, pero nunca regresó al suyo, una ausencia que decepcionó a muchos de sus compatriotas y que alimentó toda clase de especulaciones en un país polarizado. En la misma plaza de la catedral, Martín Gerónimo, un vendedor ambulante de 60 años, ofrece imanes y prendedores con retratos de Francisco, a quien recuerda de sus tiempos como arzobispo: «Cuando él era monseñor trabajaba acá. Pasaba por aquí, saludaba. ¡No me daba cuenta de que iba a llegar a papa!», recuerda risueño.
«No pudo o no quiso venir», comenta Rubén Lozano, un visitante de 73 años llegado de la provincia de Santa Fe. «Yo creo que no vino para evitar ciertos antagonismos». También lo cree así Milei, quien antes de llegar al poder insultó a Francisco y dijo que tenía afinidad por «comunistas asesinos», aunque luego moderó su discurso y hasta fue a verlo al Vaticano. «No tengo dudas de que el papa Francisco quería venir y creo que no vino porque sabía que si venía, generaba un terremoto político. Me hace admirarlo más», dijo Milei a Radio Mitre el 24 de octubre.
Una herida por cicatrizar
El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, pidió evitar las comparaciones. «Viene el sucesor de Pedro, no viene el sucesor de Francisco», dijo en agosto. Aunque insiste en que uno no es la continuación del otro, García Cuerva confía en que la visita contribuya a superar las divisiones argentinas. «La herida que existe entre los argentinos puede cicatrizar, con la dulzura de la ternura, del buen trato, de la cordialidad y del perdón», comentó recientemente al diario La Nación.
León XIV llega a una Argentina golpeada por las dificultades económicas, donde el crecimiento de sectores como la energía contrasta con la debilidad de la industria y del consumo. La pobreza afecta a un tercio de la población, mientras Milei mantiene su severa política de ajuste fiscal y apertura económica. La Iglesia ha criticado el costo social de ese modelo, especialmente para los más vulnerables, y en una homilía de agosto García Cuerva citó la encíclica «Magnifica Humanitas» del papa al advertir que «la libertad económica no puede ser absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y de la dignidad de cada persona». (AFP)