La despedida multitudinaria al papa Francisco, fallecido el pasado lunes a los 88 años tras sufrir un derrame cerebral, se ha visto empañada por una polémica que ha trascendido las fronteras del Vaticano. Mientras miles de fieles hacían filas de hasta ocho horas para rendir homenaje al pontífice en la Basílica de San Pedro, el uso inapropiado de teléfonos móviles por parte de algunos visitantes —que se tomaron selfies y videos junto al féretro— desató críticas internacionales y un debate sobre los límites de la etiqueta en la era de las redes sociales.
Las imágenes, que comenzaron a circular el jueves, muestran a personas sonriendo, posando o realizando videollamadas frente al ataúd abierto, donde el papa yace vestido con su túnica roja y mitra blanca, sosteniendo un rosario entre las manos.
Entre los videos más compartidos destacan dos escenas: en una, una mujer mira a los costados antes de alzar discretamente su celular para grabar el féretro; en otra, una visitante posa sonriente con el cuerpo del pontífice de fondo. También se viralizaron registros de una pareja abrazada tomándose una selfie y de una persona usando un palo de selfie para capturar el momento. Aunque los guardias vaticanos intervinieron para reprender estas acciones, la falta de un control estricto permitió que las imágenes se multiplicaran en plataformas como Instagram, TikTok y X.
La periodista británica Ellie Costello (GB News) resumió el malestar general: “Es triste y una muestra de la sociedad obsesionada con las redes sociales en la que vivimos”. Desde España, Ana Rosa Quintana (Telecinco) calificó las escenas de “horrorosas”, mientras que Cristina Pardo (La Sexta) destacó la presencia de “más teléfonos que cabezas” entre la multitud.
El disgusto también se extendió entre los asistentes. Catherine Gilsenan, una visitante entrevistada por el Mirror, afirmó: “Me pareció de muy mal gusto ver teléfonos sacando fotos”. Janine Venables, una peregrina galesa, añadió: “En la Capilla Sixtina nos prohibieron tomar fotos, pero aquí la gente se sacaba selfies con el ataúd. Fue inapropiado”.
Ante la polémica, el Vaticano reforzó los controles y prohibió estrictamente el uso de teléfonos frente al féretro. Los guardias suizos y los responsables de seguridad recibieron instrucciones para llamar la atención a quienes incumplieran las normas, aunque no se implementó un sistema de confiscación de dispositivos. “Es una falta de respeto que contradice el espíritu de recogimiento”, señaló un portavoz vaticano.
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El caso refleja un dilema contemporáneo: la necesidad de documentar todo momento, incluso los más solemnes. Según un análisis de SocialCom, en las primeras 24 horas tras la muerte del papa se generaron 9,7 millones de publicaciones y 200 millones de interacciones en redes sociales. Francisco, conocido por su estilo cercano y su uso estratégico de plataformas digitales, se convirtió en un pontífice “viral”, pero esta misma conexión con la modernidad parece haber alimentado el exceso.
Pedro, un fiel español entrevistado por EFE, lamentó: “Muchos vienen más a hacerse fotos que a rezar”. La paradoja es evidente: el papa que abrazó las redes sociales para comunicar su mensaje ahora es víctima de la hibris digital de sus seguidores.


