La Google IA militar ha abierto una grieta interna en la compañía: varios empleados de Google DeepMind, su división de inteligencia artificial.
La Google IA militar ha abierto una grieta interna en la compañía: varios empleados de Google DeepMind, su división de inteligencia artificial, renunciaron o están en proceso de irse por los contratos que la tecnológica firmó con el ejército de Estados Unidos, según una investigación de BBC Eye publicada este viernes.
La ingeniera de investigación Sofia Liguori, afincada en Londres, renunció esta misma semana tras tres años en la empresa. Lo hizo a título personal y hablando en exclusiva con la BBC, pese a que su contrato se lo prohibía: al darse cuenta de que la compañía impulsa cada vez más el uso de sistemas de IA en operaciones militares, dice sentir vergüenza de trabajar allí.
Google IA militar: dos renuncias en menos de un mes
Liguori no es la única. El investigador Andreas Kirsch dimitió de Google DeepMind a principios de este mes con un argumento parecido: a su juicio, la gobernanza y la supervisión de Google no son suficientes para desplegar la IA de forma segura y responsable en entornos militares y clasificados, ni para desarrollar una superinteligencia en el futuro.
Kirsch añadió una preocupación concreta: la empresa parece no tener derecho a controlar ni a vetar cómo el Pentágono utiliza su inteligencia artificial, y su visibilidad sobre cómo se está implantando esa tecnología sería limitada. Otros empleados, que pidieron anonimato por temor a represalias, contaron que muchos compañeros han abandonado la compañía por el giro ético de DeepMind, aunque también prevén un relevo generacional con personal nuevo dispuesto a ocupar esos puestos.
El contrato con el Pentágono y sus límites escritos
Google es una de las tecnológicas que firmaron contratos con el ejército estadounidense a principios de este año para implantar la IA en entornos militares clasificados. Ese acuerdo de Google IA militar permite usar sus modelos para «cualquier fin gubernamental legítimo», con dos prohibiciones expresas: la vigilancia masiva interna y las armas autónomas —incluida la selección de objetivos— sin la supervisión y el control humanos adecuados.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, convirtió la integración de la IA en las fuerzas armadas en una prioridad de la administración Trump, que busca una «fuerza de combate basada en la IA». El subsecretario Emil Michael lo resumió así a principios de año: «La velocidad define la victoria en la era de la IA». Esa apuesta por desplegar rápido es la misma que el Pentágono aplicó al anunciar la compra de 850 cazas F-35 en diez años en un acuerdo marco con Lockheed Martin.
Menos tiempo para que un humano revise los objetivos
El ejemplo más citado de la Google IA militar en acción es Maven Smart Systems, la plataforma del Pentágono desarrollada por Palantir que usa IA para ayudar a identificar y seleccionar objetivos. El teniente general retirado Jack Shanahan, antiguo director del Proyecto Maven, advirtió que la filosofía actual parece ser implantar la tecnología lo más rápido y ampliamente posible, potencialmente a expensas del rigor de las pruebas.
Sarah Shoker, exdirectora del equipo de Geopolítica de OpenAI, puso el riesgo en términos de tiempo: la IA trabaja mucho más rápido que una persona, y cuando hay cientos de objetivos seleccionados por algoritmos, es casi imposible que un operador humano revise los resultados con detenimiento en busca de errores. El ecosistema de la Google IA militar no es exclusivo de Google: OpenAI, Amazon, Microsoft, SpaceX, Oracle, Nvidia y la emergente Reflection firmaron contratos similares para ámbitos como el transporte, la planificación y las operaciones en el campo de batalla.
La respuesta de Google y el frente de Israel
Un portavoz de la compañía respondió a la BBC que Google trabaja con organizaciones del sector público en todo el mundo siguiendo un proceso coherente de revisión de contratos, acorde con sus políticas de uso aceptable y sus principios de IA, y que existen canales internos para plantear inquietudes sin represalias. Los empleados consultados, sin embargo, describen miedo a hablar: Liguori aseguró que su contrato le prohibía criticar a la empresa incluso después de irse, y que decidió hablar porque considera importante que estos hechos se conozcan.
El malestar por la Google IA militar no se limita a Estados Unidos. En 2024, Google ya fue criticada por su plantilla por el Proyecto Nimbus, un contrato conjunto con Amazon por 1.200 millones de dólares que provee tecnología de IA e infraestructura en la nube al gobierno y al ejército de Israel. La empresa sostuvo entonces que Nimbus no estaba dirigido a cargas militares clasificadas relacionadas con armamento o inteligencia. El debate ocurre mientras la relación entre la Casa Blanca y la propia BBC suma otro frente, el de la declaración bajo juramento de Trump en su demanda contra la cadena británica, ordenada por una jueza.
Lo que se sabe hasta ahora de la Google IA militar
Los contratos de Google IA militar con el Pentágono se firmaron a principios de este año y cubren tareas clasificadas. El sitio oficial del Departamento de Defensa de Estados Unidos presenta la integración de la inteligencia artificial como una prioridad estratégica de la administración Trump.
Las dos renuncias conocidas ocurrieron con semanas de diferencia: Sofia Liguori dejó Google DeepMind esta semana tras tres años en la empresa, y Andreas Kirsch se fue a principios de octubre cuestionando la supervisión del despliegue militar.
El debate de fondo sobre la Google IA militar sigue abierto: los críticos piden más pruebas y supervisión humana antes de usar estos sistemas en la guerra, y el Pentágono responde que la velocidad es decisiva en la era de la inteligencia artificial.
Por qué importa
La disputa por la Google IA militar importa porque muestra el costo humano de la carrera por militarizar la inteligencia artificial: las empresas que desarrollan los modelos más avanzados están perdiendo a parte del talento que los construyó, justo cuando los ejércitos aceleran su adopción. Para la audiencia latina en Estados Unidos —donde están las sedes de estas tecnológicas y donde servirán muchos de los sistemas en discusión—, la pregunta de fondo es quién pone los límites cuando la IA entra en la guerra: el contrato, la empresa o el soldado que tiene segundos para validar lo que la máquina propone.