
Antonio Coromoto Osorio, cronista de Montalbán, localidad de los Valles Altos de Carabobo, cultiva dos pasiones, la música y la pintura. Ambas se expresan y se nutren del mismo mundo creativo, un mundo imaginativo que parece alimentado, entre otros, con el episodio del humo del tabaco y la botella de aguardiente con que Agapita, la partera, logró arrebatárselo a la muerte y traerlo a este mundo un día de abril de 1950, cuando era de madrugada y estaba cayendo un palo de agua.
Con el encanto, y la crudeza que a veces lo caracteriza. Coromoto Osorio detalla aquellos dramáticos apuros de su nacimiento. Está sentado frente a la mesa, en una sala íntima de su casa. La sala tiene una ventanita de madera que da hacia la calle y cuadros en las paredes de grandes artistas venezolanos. Sobre la mesa hay tapitas con manchas de colores, pinceles metidos en dos potes, creyones al alcance de la mano, y una serie de blocs de pintura, cuyas páginas muestran escenas fantásticas.
“Yo nací ese día prácticamente muerto”, detalla. “Entonces Agapita me atendió. Cargaba por un lado una botella, una múcura, de aguardiente, un tabaco en otro. Tomaba el tabaco, le echaba el humo en el útero de mi mamá, Ana García, que no podía parir. La fue sobando, sobando. Las comadronas eran prácticamente el médico, la partera. De ahí salí, pero cuando salí no lloraba, estaba trancado con la flema, entonces, Agapita cogió el humo caliente del tabaco y me lo echó encima, se me quitó la flema y pude respirar. Mi padre, Antonio Osorio, que estaba ahí me puso Coromoto. Antonio Coromoto, por el indio y porque en ese tiempo eran los días cuando la Virgen de Coromoto fue declarada patrona oficial de Venezuela y la llevaban por todo el país para que los venezolanos conocieran a su patrona.
Desde el 2022 desempeña el cargo de cronista oficial del carabobeño municipio Montalbán. Su trayectoria, a grandes rasgos, alberga los títulos de abogad , licenciado en educación (ambos en la universidad de Carabobo) y una extensa carrera como docente y hombre ligado a la cultura. Ha sido un hombre al frente de ateneos y promotor de actividades culturales. Como pintor expuso en el Banco Latino, de Maracay. Ganó un salón de pintura patrocinado por el Ipasme. Completó estudios de literatura venezolana en la Universidad de Carabobo y aprendió latín en un seminario de Valencia. Ha sido director de la Casa de la Cultura de Montalbán.
Una fundación dedicada a promover la cultura en su pueblo, lleva las letras de su nombre: ACO. La mayoría de su obra literaria, en cuentos, crónicas y novela, aunque con títulos publicados (Breviario de un pueblo insondable: Tanatopheles,2025) sus escritos permanecen todavía a la espera de una casa editorial que se aventure con este escritor que encanta con su mirada puesta en lo que Alejo Carpentier llamaba lo “real maravilloso”, término que Coromoto Osorio prefiere antes que el “realismo mágico”. En Montalbán son muy leídos sus obituarios, dedicados a personas relevantes y queridas, que se fueron dejando gratos recuerdos.
La anécdota de Agapita con su tabaco y su múcura de aguardiente y sus conjuros es apenas un eslabón del historial que Coromoto Osorio desgrana al sabor de un café y una galletica o una crema de yogurt con casabe, mientras sostiene en la mano un creyón, cuyo color va dando vida a los personajes que van apareciendo en la página en blanco.
Montalbán es un pueblo mágico y encantado, donde en las madrugadas baja una neblina que cubre las calles, las personas, perros y gatos, envolviéndoles en un manto transparente que apenas deja ver las siluetas. También abundan los facultos que curan culebrillas y mal de ojo y conocen oraciones de protección.

A Coromoto le encanta caminar de noche por las calles solitarias y meter el ojo por rendijas, agujeros, huequitos, ventanas y puertas cerradas, tratando de auscultar lo que ocurre adentro o escuchar la conversa íntima en el cuarto de dos viejitas solteronas que podrían comentar, en el silencio de la noche y la soledad de la habitación, en torno al último chisme escuchado en la plaza, al salir de la misa de las siete: Nicolasa, la hija de Mercedes, se fue con Florencio. La vieron en Canoabo.
Crónica de la casa
La vieja casa, que Coromoto ha ido arreglando, es el hogar de un hombre culto, de buen gusto. Por los pasillos casi en penumbras, en paredes y estantes, se muestran piezas de arte de diferentes épocas, estilos y autores. En el patio central el sol cae sobre las plantas hecho un cubo de luz.
Confiesa que todavía cree en una cuestión que se llama imaginación.
“La imaginación me convirtió en un voyerista, en el sentido de que yo me voy por este pueblo por unas calles, donde hay casas viejas con zaguanes y ventanas y celosías. En esa calle la mitad de las casas están vacías. Yo me paro en las ventanas a media noche. Entonces me preguntó ¿quién dormirá en esa habitación? ¿Habrá una sola cama? ¿O dos camas? Si hay una sola cama es que esa persona se cree reina y señora. Si hay dos camitas, una recostada de la pared, igualmente la otra, es que esa persona que duerme en el cuarto tiene miedo, es insegura y quiere una camita recostada de la pared. Es una vieja señorita, nunca ha tenido sexo ni ha encontrado el amor. Y tú las escuchas hablando de lo que vieron en la plaza cuando regresaron. Hablan de una persona que estaba en la plaza y que no es del pueblo. ¿Y de qué hablan? ¿Qué dicen? Yo me ocupo de ese mundo íntimo. Voy al fondo de la persona. Ahí fluye la imaginación, el juego. Sigo caminando viendo las casas que tienen velitas prendidas, las casa que tienen zaguanes, las que tienen ventanas con balaustres. Todas tiene un interés”.
Se define, en asuntos de tecnología digital, como un “ciberbestia”.
En torno a la crónica se muestra reacio al oficio del cronista de pueblo y ese relato frio de costumbres, registros de hechos y relatos planos. Más allá de la historia o la crónica oficial, gusta echar a volar la imaginación, dotando a las cuestiones cotidianas de contenido más profundo.
Define esa corriente como “crónica de la casa”, que es lo que cuenta la madre, el papá, el abuelo, la abuela. Cuando escuchas al abuelo conoces la existencia del siglo anterior, pero de golpe el abuelo cita al padre, o al bisabuelo, entonces escuchas a varias generaciones.
“Uno tiene dos maneras de conocer la crónica, el cuento, a través de los abuelos, bisabuelos, la familia y también conocer lo que se llama la religión familiar. Yo creo que la religión de la iglesia, de los cuartos, las columnas es una cosa de ritual. A mí me gustan los rituales, soy ritualista, lo adoro. Me conmociona, por eso me gusta la misa en latín, no es por lo que significa realmente, sino por esa atmósfera que crea, que es una atmósfera mágica. Eso es lo hermoso de las religiones. A mí me encanta mucho el esoterismo, lo que tiene que ver con lo que se desprende de la materia.
Coromoto entra entonces en la real crónica.
“Yo creo mucho en esa crónica comunal, en la crónica parroquial, en la crónica del día a día, la que oigo detrás de esta ventana, cuando estoy sentado aquí y la gente cree que nadie lo está viendo y se hacen hasta declaraciones amatorias detrás de esta pared. Esa crónica, esa individualidad, le hace amar a uno la crónica de los pueblos. Yo nunca he creído en la crónica oficial, sino en la de hechos, la de usar la imaginación, ser creativo. La reinvención nos hacer ver que el mundo no se ha acabado, que no hay limitaciones, sino que todo continúa en los días por venir, hasta el infinito”.
Lector empedernido
De su infancia cuenta que creció como un niño solo, en una sociedad terriblemente difícil, una sociedad de machos, con hombre de bluyines y una correa con un toro pegado a la hebilla. Hacía cosas de adulto como meterse en la iglesia y jurungar todo. Su padre le despertó la imaginación.
“En mi casa me enseñaron las cosas bonitas de la vida. Mi papá al levantarse agarraba un café con leche, le echaba dos amarillas de huevo, lo batía y me lo llevaba a la cama, después me sacaba enrollado en una cobija y luego me sentaba en el fogón a comerme un bollo de pan. Él fue mi primer maestro de imaginación. Llegaba en la noche y me traía una galletica. Me decía: esto te lo manda la cotúa. Supuestamente la cotúa era una amiga mía que vivía en un nido en un árbol, cerca de la casa. Era un nido, la cotúa no existía, entonces, yo creía en esa cotúa como mi gran amiga. Yo le di personalidad a la cotúa. Mi padre era un campesino, pero me dio como la capacidad de ir más allá de la realidad. De niño yo me inventaba religiones, me inventaba cuentos, me inventaba caminos en los gamelotales”.
Aprendió a leer a los cinco años en la pulpería de su tío, en la que había un mensaje grande de Pepsi Cola, que copiaba y copiaba. Luego cobraba por leerle noticias a unos hombres que iban a la bodega a mascar chimó y tomarse un trago de aguardiente. En la escuela la maestra Leonor lo puso a deletrear. Un día le dijo a su padre que le comprara un libro de historia patria escrito por Humberto Bártoli y J. M Siso Martínez.
Detalla que aprendía viendo a la gente pilando, sacando el pico para los pollos, el nepe para los cochinos, el maíz para sancocharlo y hacer las arepas. Esas cosas lo ayudaron a querer a hablar, por ejemplo, del paso de las langostas o hablar del tatarabuelo Cayetano, que parado en la puerta de la casa se acercaba una guarura al oído y escuchaba cuando venían las huestes federales, o los vientos, o las langostas. Eran sonidos diferentes. Las serpientes iban a la casa del abuelo y se montaban en un altarcito que él tenía en su sala. Era una casa de 28 habitaciones, en El Castaño, en la curva. Había una habitación para los santos. El cura y el prefecto iban a comer allá todos los días. El cura llevaba la custodia. El abuelo ponía entonces una fuente con aceite. En las noches las niñas se tomaban el aceite de la custodia.
Recuerda a las tías de su padre. Cada una de ellas se encargaba del cuido de cada uno de los hijos de la hermana. La tía Lucía crio a Antonio Osorio, el padre de Coromoto. La tía Alejandra era ciega pero castraba las abejas y ordeñaba los chivos.
“Eso me dio toda una connotación de amar mi infancia, aun con mis miedos”, confiesa.
— ¿Cómo se acercó a la literatura?
—Yo tuve un mundo que me llevó a leer, desde aquel libro de mi patria de Bártoli y de un libro de Valecillos que tenía unas pinturas como hechas con plumilla. Así fui leyendo. En la época de los ochenta en Caracas, frecuentaba el Drugstore, en Chacaíto, a donde iba mucha gente de mundo. Leía Damian, El Lobo Estepario, libros de filosofía, literatura ritualista, a Nietzsche. Me hice un gran lector. Admiro a Rómulo Gallegos. Me gustaba mucho William Faulkner. De mis escritos tengo manuscritos como La Reláfica con la negra Petra Balabú, que es la antihistoria del pueblo, es decir, el pueblo visto no como lo ve el cronista, sino una historia basada en la verdad existente, pero dándole esa conmoción de tipo surrealista, sí, surrealismo, porque el realismo mágico es el surrealismo, pero a mi más que el realismo mágico, me gusta más lo real maravilloso, de Alejo Carpentier. Yo adoro a Juan Rulfo. El habla con sus fantasmas, y a mi me encanta hablar con mis fantasmas, que viven en mi casa, en mis cuentos. Esos muertos me dan vida.
—¿Qué dice de Montalbán?
—Hay cosas terribles, pero también cosas hermosas, que hacen que no vivas en otra parte. Yo estoy amarrado a este pueblo. En Montalbán se habla, como una especie de leyenda, de que hay una serpiente bajo tierra que tiene el rabo enterrado en Montero y la cabeza está detrás del altar mayor. Yo he hecho cuentos sobre eso, son fabulaciones, pero se repite mucho desde antes. Aquí los amaneceres son hermosos. Yo todavía puedo ver el amanecer, pero me pregunto ahora cómo es que no veo los amaneceres de antes, cuando la neblina entraba en la mañana por el abra y el pueblo se envolvía en un frío. Entonces me inventé mi neblina. Todo eso forma parte de mi yo interior. Son 75 años alimentándome con las mismas aguas de María la O, que es la quebrada que digo es el Lavapiés de Montalbán. Cuando subes al cerro La Copa pasas por María la O, de aguas cristalina, en la que yo hago como los perros en cuatro patas: lavo el río, lavo el agua. Es maravilloso, a uno lo levanta.
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